La historia de María y Chesco en el mundo rural manchego

Cuando leí por primera vez el blog de esta familia de ganaderos-agricultores https://lactonatur.wordpress.com/about/, me llamó la atención el siguiente párrafo:

“Nuestro modo de vida, es una reivindicación en sí misma (no hay vacaciones, no hay grandes ingresos, pero lo pasamos bien y los jóvenes tenemos un futuro bastante incierto en otros modos de vida…), haciendo además algo que nos gusta, luchamos por un mundo rural vivo, con todo lo que ello conlleva. Os contaríamos tantas y tantas cosas…”.

Nos hablan de un trabajo duro, pero enriquecedor porque están contribuyendo a construir algo importante para una sociedad moderna: un mundo rural vivo.

Para quienes nacimos en el rural y luego por razones de estudios y vida profesional posterior tuvimos que adoptar el estilo de las ciudades, esta afirmación nos sorprende. Siempre nos habían dicho que la vida de la ciudad era mejor, con más avances, mejores trabajos. El pueblo para las vacaciones, las fiestas… Tras la crisis, esta percepción ha cambiado algo: en la ciudad, hay gente viviendo en la calle y recogiendo continuamente la basura de los contenedores; hay también desahucios, personas ociosas todo el día porque están en el paro (y lo que más nos duele, muchas de ellas jóvenes) y, como contraste, gente muy estresada con trabajos en los que no puede conciliar la vida laboral y familiar porque hoy la reivindicación ya no toca; te pueden despedir.

En contraste con esta parte más negativa de nuestras ciudades hoy, decisiones como las de María y Chesco de volver al campo nos parecieron un reto. Decidimos, por ello, hacerles una visita para conocerlos mejor. Es lo que hicimos aprovechando las últimas vacaciones de Semana Santa.

Pasamos una tarde con ellos. Y nos siguieron contando más detalles de su experiencia, al mismo tiempo que nos enseñaban su quesería y su granja de cabras; luego les acompañamos un rato en el trabajo de pastoreo en los montes comunales cercanos.

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A los 23 años decidieron embarcarse en la aventura de volver al pueblo de los abuelos, tras su experiencia de vida urbana, y una vez acabados sus estudios; de esto ha pasado ya 11 años. Y empezaron a aprender de las personas mayores del pueblo en la recuperación de la ganadería, la tradicional, la relacionada con la pequeña agricultura. Lo que parece más novedoso es que son jóvenes que han interiorizado que el problema del cambio climático es algo muy serio, al que hay que ponerle soluciones ya, y cada vez más urgentes. Contrastando además su gran conciencia ecológica con la de otros jóvenes del rural que conocemos, nos parece que esta conciencia es realmente su gran acierto.

En la mayoría de nuestros pueblos, sobre todo en la zona conquense, el agricultor y el ganadero aún perciben al ecologista como un extraño; incluso un cierto “enemigo” en el progreso y desarrollo de su ganadería y de su agricultura. Y los jóvenes del rural, casi igual de consumistas que los de la ciudad, no han sido educados para tener una visión integral del campo y de su cuidado. Desgraciadamente, han recibido también una visión meramente “extractiva” de sus recursos.

Esta pareja joven tienen un rebaño de cabras, a las que alimentan, cuando pueden, de la hierba del campo, siguiendo la tradición de los montes comunales: pastoreo libre en las zonas no cultivadas; es lo que se denomina tradicionalmente “ganadería rastrojera”. Cuando ello no es posible (normalmente en los meses más duros de invierno), les proporcionan una alimentación basada principalmente en la naranja. Pensaron en las cabras como la solución ecológicamente más eficiente para el clima manchego, tan extremo, y para las consecuencias que tendrá el cambio climático en la zona. Esta decisión contrasta con el ejemplo que nos explica María de una zona de repoblación con pinos que se divisa a lo lejos: a esta zona, sus cabras no se pueden acercar porque dañarían el crecimiento del pino joven. Esto no ocurre en las zonas de vegetación autóctona con encinas, tan residuales en este momento ya. Lo que hay que defender, nos dice, es una ganadería con animales asociados a la tierra; sin embargo, con las repoblaciones de pinos no se apuesta por la integración del bosque con la ganadería.

De la leche de estas cabras, hacen quesos de manera muy artesanal; y también aprovechan algunas cabras y cabritos para la venta de carne. Llevan ellos mismos su producto al matadero, allí se despieza y se distribuye a los puntos de venta. El problema, nos comenta Chesco, es que el matadero se encuentra a 60 kms., lo que les obliga a continuos desplazamientos. En este punto, reivindican un apoyo decidido del nuevo gobierno a las pequeñas explotaciones familiares; no están pidiendo subvenciones, sino legislación que las proteja.

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Echan de menos asociarse con otros ganaderos o unidades familiares que quieran hacer lo que ellos. De momento, en este sentido, están solos en el pueblo; esto hace que haya épocas muy duras porque tienen que pastorear, ordeñar… y esto los siete días de la semana. Si hubiera otros, podrían repartirse algo más el tiempo. Han recibido ayuda de las personas mayores del pueblo; su sabiduría les ha ido solucionando todas las dudas que les han surgido, pero también necesitarían de gente joven, con la que compartir la carga más dura del trabajo. Nosotros apostamos por el trabajo en red, dicen, es la solución que se irá imponiendo a los jóvenes que se planteen este trabajo en el marco de la economía social y la soberanía alimentaria (es decir, el auto-consumo en la mayoría de la alimentación que necesitamos en nuestra vida diaria). Este trabajo en red lo extienden también a la comercialización de sus productos; han conseguido mantener un puesto en unas galerías comerciales de un barrio de Cuenca; de lunes a jueves hay una persona trabajando allí, vendiendo sus productos y los de otros productores afines de la zona.

Además de este trabajo, María y Chesco están totalmente implicados en la campaña contra la instalación del almacén nuclear de Villar de Cañas, en un pueblo cercano al suyo; un proyecto que tras las elecciones autonómicas pasadas parece haber entrado felizmente en un punto muerto. Qué pena, nos dice María, que la despoblación de estas zonas rurales haya hecho pensar a la gente en algo tan poco ecológico como la energía nuclear. Pero ella también entiende que ahora el ecologismo (del que ellos son también un ejemplo) tiene que aportar algo más positivo y constructivo a estas poblaciones y no solamente una actitud de protesta.

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Era final de marzo, la tarde empezaba a hacerse fría. Nos despedimos. Las mayores del grupo recordamos nuestra infancia y los niños que estaban con nosotros disfrutaron como nunca, ayudando a recoger a las cabras que se escapaban y haciéndole así la competencia a los perros; también montando en el burro que llevaba la merienda.