“Sobre la vejez”, de Cicerón

“Deseo que tú y yo mitiguemos este peso, común: la inminente llegada de la vejez. Con toda seguridad sé que tú [Tito] la vives con dignidad, y eres capaz de afrontar todos los problemas que conlleva. Cuando pienso en escribir sobre la vejez, siempre acudes a mi mente como la persona más digna de este don, del que nos podamos servir cada uno de nosotros”.

Este es un fragmento incluido en la primera página del libro de Cicerón sobre este tema. Cicerón lo escribe en forma de diálogo entre Catón el Viejo con dos jóvenes (Escipión y Lelio). Pone en boca de Catón muchos argumentos que provienen de la tradición griega, especialmente de Platón (trad. de Rosario Delicado Méndez). En el fragmento se resalta un aspecto fundamental: Catón (Cicerón) está pensando en un modelo, no solo en un concepto abstracto de vejez, sino en alguien que en ese momento representaba para él la dignidad de una persona anciana.

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Señalamos en esta entrada algunos fragmentos que a día de hoy nos parecen más relevantes, porque quienes publicamos en este blog ya hemos estrenado esta etapa:

“Somos sabios por tener a la naturaleza a la naturaleza como la mejor guía… No es creíble que, una vez descritas a la perfección las restantes etapas de la vida, se olvide el último momento… Siempre ha sido necesario un final y, como sucede con los brotes de los árboles y en los frutos de la tierra, tras su madurez oportuna, el sabio casi ajado y caduco, debe aceptar con serenidad su propio final.

Las armas defensivas de la vejez son las artes y la puesta en práctica de las virtudes cultivadas a lo largo de la vida… La conciencia de haber vivido honradamente y el recuerdo de las muchas acciones buenas realizadas, resulta muy satisfactorio en el último momento de la vida.

Yo, siendo joven, aprecié como un igual a Quinto Máximo… Él ya longevo, fue acérrimo defensor de la ley Cincia que no permitía obsequios ni regalos en la defensa de una causa… Fue un gran hombre ante los ojos de los ciudadanos y muy distinguido en la intimidad de su hogar… Yo disfrutaba tanto con sus discursos que casi hubiera pronosticado lo que posteriormente sucedió: que una vez fallecido, no encontraría a nadie de quien aprender…

Leontino Gorgias cumplió 107 años y nunca cejó en su estudio ni en su trabajo. Cuando le preguntaron por qué quería seguir viviendo, él contestó: “No tengo nada que reprochar a la vejez”.

¿Acaso no son también obras seniles las que se realizan con la fortaleza de la mente, pero con el cuerpo enfermo? … Los Fabricios, los Curios, los Coruncanios, ¿no hacían nada cuando defendían el estado con su autoridad y consejo? … La osadía es propia de la juventud, la prudencia, de la vejez.

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Puedo citar el nombre de muchos romanos rústicos, procedentes del campo, vecinos, familiares míos, quienes jamás están ausentes de las faenas propias del agricultor… En efecto, un agricultor, aunque sea anciano, jamás duda en responder al que le pregunta para quién siembra: “Para los dioses inmortales, quienes no solo desean que yo reciba estos bienes de mis mayores, sino que también los transmita a las generaciones posteriores”.

¿Y qué decir de los ancianos que estudian cosas nuevas de interés para ellos? Cuando oí contar que Sócrates aprendió a tocar el arpa, ya anciano, quise hacer yo lo mismo y trabajé con ahínco con el aprendizaje de la lengua griega.

Ahora no deseo tener las mismas fuerzas de la juventud. Este es otro de los tópicos de los achaques de la vejez. Esto es lo que hay: actuar según las fuerzas del momento y servirse de ellas, hagas lo que hagas.

La palabra es el decoro del anciano sereno y sensato, si su discurso resulta elocuente, meditado y suave para el que escucha… ¿Acaso no se conserva en la vejez la capacidad suficiente para enseñar, formar y preparar a los jóvenes para desempeñar todo tipo de cargos?

La vejez no me ha agotado profundamente, ni me ha derribado… También es verdad que tengo menos fuerzas físicas que vosotros dos… Uno debe servirse de este bien, mientras lo tenga, pero cuando falte, no lo busques… El curso de la edad está determinado y el camino de la naturaleza es único y sencillo. A cada periodo de la vida se le ha dado su propia inquietud: la inseguridad a la infancia, la impetuosidad a la juventud, la sensatez y la constancia a la edad media, la madurez a la ancianidad.

Puede ser que el ejercicio y la templanza le ayuden a conservar parte del vigor de la juventud en su ancianidad. Supongamos que no haya fuerzas suficientes en la ancianidad; pero tampoco se le piden fuerzas a la vejez.

Con el mismo ahínco que se lucha contra la enfermedad, se debe luchar contra la vejez. Se ha de cuidar la salud, se debe hacer ejercicio moderado, se debe tomar alimentos y beber cuando se necesite para tomar fuerzas, pero no tanto como para quedar fatigados.

También estoy siempre a disposición de los amigos, voy con frecuencia al Senado y, de vez en cuando, aporto propuestas muy meditadas y largo tiempo observadas, no con las fuerzas corporales, sino con las del espíritu.

Sinceramente, yo no solo disfruto del deleite de la conversación, con los de mi edad, que ya quedan pocos, sino también con los de la vuestra y con vosotros. Tengo que estar agradecido a la vejez que ha acrecentado en mí el interés por la conversación y ha dejado en segundo puesto el beber y el comer… [Aunque] de ningún modo se debe considerar que he declarado la guerra al placer.

Ahora me voy a referir a los placeres de la tierra, con los que yo disfruto enormemente, placeres que en absoluto les son impedidos a los ancianos. Al contrario, a mí me parece que están muy de acuerdo con la vida del sabio… ¿Qué voy a comentar acerca del cultivo de la vid y de su crecimiento? Disfruto con este placer… No paso por alto la fuerza generadora de la tierra, la cual hace que crezcan grandes troncos y ramas a partir de un insignificante grano de trigo, de una pepita de uva o de las diminutas semillas de otras plantas.

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Podría seguir contando las numerosas satisfacciones que proporcionan las labores del campo… Aunque la edad nos impide gozar de otros placeres gozamos del deseo de poder cultivar el campo hasta los últimos momentos de la vida.

No obstante debéis recordar que en toda mi disertación he defendido una buena ancianidad, basada en unos buenos cimientos de la adolescencia… Ni los cabellos blancos, ni las arrugas hacen surgir de repente la autoridad. Los frutos de la autoridad los produce la edad vivida honestamente desde el principio.

Todas las cosas negativas se endulzan con un buen carácter y con el cultivo de la inteligencia… Lo mismo que no todo vino se avinagra con el tiempo, tampoco toda naturaleza se avinagra con la vejez.

No comprendo a los ancianos avaros que quieren todo para sí. ¿Puede haber algo más absurdo que quien se preocupe de acumular más provisiones cuando menos tiempo le quede de vida?

Siempre es inseguro en la senectud el momento final. Pese a ello, la vejez se puede vivir adecuadamente, siempre que se sea capaz de cumplir una responsabilidad e, incluso, despreciar la propia muerte.

El honor de los varones ilustres no permanecería en nuestra memoria, después de su muerte, si sus espíritus no se hubieran esforzado por aportar algo a la humanidad.

¿Por qué precisamente los más sabios mueren con un espíritu muy sosegado…? En mi tesis expreso claramente que deseo ver a vuestros padres, a quienes veneré y aprecié, y deseo vivamente reunirme con los que conocí, y con los que escuché y leí, y también con los que escribí… Y si algún dios me concediera volverme de esta edad a la de niño otra vez, y llorar en la cuna, me resistiría mucho, pues no quiero desde el fin de la carrera volverme otra vez al principio… La naturaleza tiene, como todas las cosas, un límite de existencia. La vejez es el final de una representación teatral de cuya fatiga debemos huir, sobre todo y especialmente una vez asumido el cansancio”.

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