Conciencia comunitaria

La “guerra a turnos”, la forma moderna de “matar”.

En esta entrada, hacemos una breve reflexión sobre las guerras modernas tras la lectura del artículo divulgativo de Pere Brunet, en la revista de divulgación científica Mètode (Universidad de Valencia), titulado “Ciencia, nuevas tecnologías y conflictos armados. Situación actual y perspectivas” (DOI: https://doi.org/10.7203/metode.15.30610 *). Como primer punto, nos ha sorprendido el fragmento siguiente:

“[L]a principal innovación relacionada con los sistemas militares robóticos son los vehículos no tripulados de tierra y mar, pensados para escenarios peligrosos y complejos, junto con los drones armados. Estos incluyen los drones controlados a distancia desde miles de kilómetros (por operadores que cómodamente hacen «la guerra a turnos» y se van a casa después del trabajo); los drones con capacidades autónomas; los drones que merodean una región…”

Como recordamos de la lectura de la obra de Homero La Ilíada, uno de sus escenarios es el mismo campo de batalla; allí los personajes, los hombres, luchan al mismo tiempo que se comunican entre sí. Se tienen que mirar antes de hacerse daño y matarse. Eran guerras crueles, pero también tenían algo de “humano”, porque veían y sentían el dolor y el sufrimiento tanto del compañero como del enemigo. Luego vinieron los caballos, las armas que se disparaban desde las trincheras; empezaban las distancias. En el siglo XX, con la tecnología de la aviación, llegan las bombas lanzadas desde los aviones. La distancia se hacía mayor, pero con todo eran humanos los que tripulaban. Podía haber errores o contraataques y ser derribados.

Ahora con los drones teledirigidos y/o planificados por inteligencia artificial, la guerra se puede asemejar a partidas de videojuegos. La realidad se acerca entonces a la ficción y se pierde la sensación del sufrimiento causado. El documental recientemente estrenado “Todos somos Gaza” intenta recuperar la parte humana de esta destrucción (https://todossomosgaza.com/). Edificios de viviendas, e incluso algún hospital, que se desploman completamente por artefactos dirigidos con total precisión. Previo a ello, se obligaba a la gente a desplazarse con lo que pudiera recoger en el corto espacio de tiempo que el ejército de Israel le daba. Sus autores, bajo la dirección de Hernán Zin, son un grupo de periodistas gazatíes que intentaron grabar cada masacre y cada violación de los derechos humanos con la cámara de sus móviles. Intentan trasladarnos su dolor como víctimas, aunque no muestran del todo su crudeza, solo la inferimos entre tanto edificio que colapsa. A pesar de ello, la sensación es muy dura: destrucción por destrucción. La tecnología lo permite. ¿Por qué no aprovecharla con los enemigos? Es tan fácil, solo hay que apretar el botón de “start”.

Esta es la razón de que a algunos grupos de jóvenes ya no les parezca tan negativa la guerra. Una persona de Alemania así lo explicaba, tras la reciente aprobación de la vuelta al servicio militar (por el momento, de tan solo seis meses). La nueva mili parece que es solo aprender a comandar drones. ¡Divertido!

El artículo mencionado de Brunet añade además que el uso de sistemas de ataque basados en la IA incluyen errores de precisión y de control a distancia; y también el sesgo de automatización y de los aspectos éticos ligados a la ausencia de mando y falta de decisión en el momento de atacar, que contravienen el derecho internacional humanitario. El sesgo de automatización implica la tendencia a seguir las indicaciones de las máquinas sin comprobar la verosimilitud de sus propuestas. Es el sesgo que ha contribuido a la ingente cantidad de víctimas civiles inocentes en Gaza, continúa el autor.

La guerra no da tanto miedo y por ello la construcción de la paz no parece interesar tanto hoy, porque está fascinando esta tecnología nueva a su servicio; esta es la visión que promueven tantos milmillonarios tecnológicos. El Papa León XIV lo ha recordado también en su reciente viaje a Camerún: “El mundo está siendo devastado por un puñado de tiranos”. Tiranos a los que votamos porque caen bien, se expresan de forma ruda y atrevida; y sobre todo, reducen los problemas complejos del mundo a dicotomías fáciles; y hacen gracia. Trump, Milei, Abascal… Es el nuevo discurso político de la ultraderecha.

¿Queremos seguir dándoles el poder para que al final nos destruyan?

* https://metode.es/revistas-metode/monograficos/armas-roboticas-ciencia-nuevas-tecnologias-y-conflictos-armados.html

¿De qué clase social somos los trabajadores?

En los estudios lingüísticos sobre los dialectos, siempre se ha distinguido la forma de hablar de la clase trabajadora de las clase media y media-alta. En otras disciplinas sociales se hace también esta distinción tanto en relación con los ingresos económicos como con el grado de estudios alcanzados. Mientras que la ciudadanía de la clase trabajadora suele ocupar trabajos manuales, la de la clase media incluiría aquellos que tienen trabajos mejor remunerados y/o que requieren mayor grado de titulación educativa. En el nivel superior, se sitúa la clase media-alta, aquellos que provienen de familias adineradas o con salarios claramente diferenciados de la media porque son altos funcionarios, directivos de empresas, etc. Aparte, podríamos situar a los “nuevos ricos”, los que de pronto pasan de la clase trabajadora o media a posiciones más altas por una coyuntura determinada: lotería, trabajos especulativos como los que se vieron durante la época del “boom inmobiliario”. Recientemente, hemos conocido que entre estas nuevas coyunturas están ahora los “brokers”, los “inversores de criptomonedas”, los trabajadores en la inteligencia artificial (IA) y similares. En otro estadio, se encuentran los “milmillonarios”: los dueños de Amazon, Tesla, empresarios chinos que están detrás de tantos de los bazares en las ciudades, etc.; y, entre los nuestros, Inditex, Mercadona, etc.

Estos últimos ricos han tenido tanto éxito en sus empresas que hay quien piensa que, si asumen ahora el “negocio” del estado, nos irá mejor a todos. Es el fenómeno que algunos expertos han denominado “tecnofeudalismo”, al que nos hemos referido en una entrada anterior: El tecnofeudalismo, otra metáfora del “nuevo capitalismo”.

Sin embargo, la consecuencia de estas riquezas inmensas es la desigualdad creciente. El siguiente dato así lo confirma: en los años sesenta, la brecha salarial entre los directivos de una empresa y sus empleados medios era de 20 a 30 veces más; ahora puede ser de 60 a 100 veces y, en los altos directivos, de hasta 1200 veces (según los datos de Oxfam). Y, como segundo dato en nuestro país, Amancio Ortega recibe cada día 8,5 millones de beneficios de Inditex, 3.104 millones al año. ¿Cuántos años van a necesitar él y su familia para gastarlos?

Ante esta desigualdad tan enorme, ¿tendríamos que tener los trabajadores más conciencia de nuestra clase, la «clase trabajadora»? No solo los que continúan siéndolo porque desempeñan trabajos manuales; también los que fueron y luego consiguieron un trabajo mejor remunerado, pero que si lo perdieran no podrían sobrevivir.

El poder de estos nuevos empresarios y sus directivos o accionistas no solo está sostenido por la ciudadanía de las clases medias y altas, también por la gran cantidad de personas de las clases trabajadoras que compran sus productos. Las furgonetas de Amazon están por todos los barrios, también las de otras empresas grandes de reparto… Incluso cada vez con más presencia en los pueblos a través del comercio digital. Ello indica que tienen productos dispuestos y preparados para llegar a todas las clases sociales. Por ello se están haciendo tan ricos: «milmillonarios».

¿Aumentaría tanto la desigualdad entre las clases trabajadoras y los de clases altas si los trabajadores en general tuviéramos más conciencia de que no podemos ser tan individualistas? Es decir, si pensáramos, primero, a quién o a quiénes pagamos lo que necesitamos: la luz, los seguros, la comida, la ropa, los regalos que hacemos para los cumpleaños o Navidad, etc. Y, segundo, si empezáramos a elegir en las búsquedas por Internet a empresas más pequeñas, cooperativas, grupos de consumo, tiendas de barrios, puestos de los mercados municipales, etc. ¿Pagaríamos mucho más haciendo estas opciones? Quizás algo más, sí. Pero se puede hacer la prueba en algunas cosas y ver la diferencia.

El paso supondría un gran cambio: desde la actitud individualista que nos ha impuesto el capitalismo, pasaríamos a una actitud más “comunitaria”: la de quien defiende a los trabajadores que, como nosotros, no podrán subsistir con sus negocios si no les ayudamos a mantener su medio de vida.

Esta actitud comunitaria hay quien la llama como la propia de un “consumidor o consumidora responsable”; cada vez más relacionado con el “consumidor ecológico” (con sello certificado) o con el “consumidor de productos locales”; este segundo con precios más asequibles que los de sello ecológico.

¿Cuánto de productos locales y de servicios con empresas pequeñas o cooperativas hay en nuestro día a día? ¿Cuántos productos de segunda mano? Aumentar esta proporción podría ser el reto para el nuevo año 2026. Aquí van algunas sugerencias:

– Compras en los mercados municipales o mercadillos (si es posible, seleccionando lo más local).

– Cooperativas y empresas de luz ecológicas: Som energia, Contigo energía, etc.

– Seguros éticos: Arç cooperativa.

– Compra de libros a librerías locales o a libreros pequeños en Internet (primera o segunda mano).

– Tiendas locales de barrio; plataformas de segunda mano. Etc.