Un análisis nada apasionado sobre el TTIP

Es evidente que el TTIP, Tratado Transatlántico de Comercio e Inversiones -proyecto de Tratado de Libre Comercio entre Europa y los Estados Unidos- hoy en fase de negociación, levanta pasiones. He tenido oportunidad de leer mucho y escribir algo sobre ello en los últimos tiempos, y les aseguro que dos posturas encontradas, por un lado su puesta en marcha lo antes posible y, por otro, que el mismo se abandone y quede en el olvido, tienen sus partidarios. Los detractores del TTIP hacen a veces encendidos y enconados discursos contra el mismo, y las personas que lo apoyan aducen sus ventajas con idéntica pasión. En este artículo, si usted quiere seguirlo, no va a encontrar tal apasionamiento. La idea es, negro sobre blanco, glosar algunos de los cambios que tal regulación produciría en las relaciones transoceánicas entre Europa y los Estados Unidos de América. A partir de tal diagnóstico, racional y objetivo, se podrá colegir cuál es nuestra postura.

Pero, para empezar con las cartas bien boca arriba, lo haré al revés. Les cuento primero cuál es mi punto de vista, para hablar luego de las causas de tal posición. Ahí voy. Y, abiertamente, les diré que el espíritu que dimana del proyecto de Tratado, que es común a muchos de los otros grandes tratados regionales en materia comercial y económica de Estados Unidos con el mundo, no me parece positivo en los términos en que hoy se va concretando. Ante una aseveración así, tendré que explicarme mucho mejor. Por favor, pasen y vean.

Miren, la clave es pensar en qué mundo queremos con nuestras acciones y, en particular, con la regulación que promovamos. ¿Se trata de provocar cada vez más una mayor concentración de poder económico o, por el contrario, de que las oportunidades estén al alcance de más personas, que puedan vivir de su trabajo? ¿Se trata de abundar en la soberanía de las comunidades humanas o, quizá, de instituir pocos y fuertes lobbies globales, casi contados con los dedos de una mano a veces, cuyos tentáculos lo dominen todo? ¿Se trata de buscar el bien colectivo o la consolidación de posiciones de poder hegemónicas en determinadas categorías de producto? Si somos capaces de dar una respuesta clara a estas preguntas, en uno u otro sentido, nos estaremos dotando de la respuesta a la pregunta de si el TTIP le conviene a Europa. Yo, como les adelantaba, creo que no.

El TTIP recupera la lógica del fallido y malogrado Acuerdo Multilateral de Inversiones (AMI), un constructo que dimanaba directamente de los intereses de determinadas grandes empresas transnacionales. Sus planteamientos minaban la soberanía de los territorios que se adhiriesen a tal acuerdo, en tanto en cuanto la política laboral de los mismos quedaba supeditada, por ejemplo, a la de origen de las empresas que promocionaban tal acuerdo. Al mismo tiempo, determinados aspectos relacionados con el control de fronteras tampoco se regirían, en virtud del AMI, por las regulaciones con que pudieran dotarse tales territorios, sino por la ley vigente en el país donde tales empresas tuvieran su razón social. Todo ello es recuperado en la lógica del TTIP, que también hace tabla rasa de mecanismos de protección de la salud o controles y barreras arancelarios respecto a las mercadurías que atraviesan las fronteras. Así, los países firmantes perderían buena parte de la capacidad de vetar determinados aditivos, hoy prohibidos en el continente europeo, o hacer valer su capacidad para ejecutar determinadas políticas fronterizas.

Con todo, el TTIP pone mucha más fuerza y poder en las empresas transnacionales. Yo, que soy un gran creyente en el fenómeno de la empresa, y que siempre recuerdo aquí las palabras de Julius Nyerere, uno de los grandes hombres de África, cuando decía “Comercio, no ayuda”, haciendo valer el gran papel redistribuidor de la riqueza que tiene el hecho comercial y económico, no estoy de acuerdo en esa política de “regulación quemada”, de forma que sean estas las que campen por sus respetos. Y es que sí, digo que creo en el importante papel de la empresa en el desarrollo, pero no a cualquier precio y sin regulación. Y la regulación, mejor que nadie, la conoce cada uno de los Estados. Por eso es importante que el TTIP y el resto de tratados internacionales no tengan como objetivo o como efecto colateral un cierto nivel de desregulación o de mayor poder de la propia multinacional para extender tal o cual decisión a lo largo y ancho del mundo.

Uno de los ámbitos donde esto es más delicado es el laboral. Hoy en Europa y, en particular, en España, desangrada por el desempleo, no es conveniente el advenimiento de políticas laborales muy agresivas, que toman y dejan al trabajador a su libre albedrío, sin apenas derechos de algun tipo, y con relaciones muy ligeras y toma de decisiones muy unilaterales. No quiere decir esto que yo crea en un modelo de “puesto de trabajo para toda la vida con todos los derechos y sin ningún deber”, como a veces caricaturizan desde determinadas instancias empresariales a quien se atreve a cuestionar los nuevos vientos propugnados por determinados agentes económicos de naturaleza ultraliberal, pero a mí me parece que en el equilibrio está la virtud, y lo que apunta en este sentido el TTIP no es virtuoso. Supone un descabalgamiento de determinadas relaciones laborales, en territorio europeo, de la política de referencia de la UE y de la particular de cada uno de los países miembros. Tal lógica, desde mi punto de vista, supone una pérdida de soberanía manifiesta y un alejamiento absoluto de los postulados que han guiado, desde su inicio, los cimientos de la actual Europa.

Un buen método para evitar los prejuicios, y poder intuir a priori las ventajas e inconvenientes de un determinado cambio en un mecanismo legal, es ver qué ha pasado en otros entornos cuando se han ensayado fórmulas similares. Y en esto tenemos suerte, porque en otras zonas del mundo han pactado acuerdos comerciales con los Estados Unidos ya hace tiempo, con lo que podemos testarlos y, a partir de ahí, opinar. Tratados como el CAFTA o el NAFTA, con ámbito territorial en Centroamérica y Norteamérica respectivamente, están ahí, y sus evaluaciones desde los puntos de vista económico y social nos permiten obtener aprendizajes. Y estos son palmarios: hoy los pequeños agricultores arroceros de países como República Dominicana o los cultivadores de maíz  de México están arruinados. En estos años Break Free Investors Logohan visto como sus propios mercados han sido inundados de producción estadounidense subvencionada, en una clara fórmula de “dumping”. Ya saben, bajada de precios, vía ayudas a los productores y a los exportadores, por debajo de los precios de coste locales. Les aseguro, yo que he podido ver esto con productos hortofrutícolas europeos -y, en particular, españoles- en algún país africano, que esto no contribuye a mejorar la economía del país que los recepciona. Organizaciones como Oxfam Internacional han denunciado en múltiples ocasiones los efectos devastadores que, en términos de desigualdad y profundización en la brecha social, han propiciado dichas prácticas comerciales.

El TTIP, muy controvertido, comenzó su andadura en el año 1990. Fíjense, veinticinco años ya. En aquel entonces Giulio Andreotti estaba en la cocina de la Unión Europea, como Presidente de turno del Consejo, George H. W. Bush(Bush padre) era Presidente de Estados Unidos y Jacques Delors era Presidente de la Comisión Europea. Mucho ha llovido desde entonces, reflejo de que el Tratado en cuestión está materializando su andadura a través de un muy controvertido y tortuoso camino. No es para menos. Europa ha sido el crisol donde se han amalgamado ideas y valores relativos al bien común y a la preservación de lógicas de bienestar para la comunidad. El TTIP tiene en su foco una mayor facilidad para la conquista de determinados mercados, una simplificación de la norma, de manera que el Estado no sea un impedimento en las relaciones entre la empresa y su trabajador, independientemente de dónde viva y cuál sea su nacionalidad, y un abaratamiento global de costes. Esto no encaja con la idea que tenemos de Europa y, tampoco, creo que este haya de ser el camino que la misma tenga que escoger si no quiere ser engullida por el torrente de desregulación que hoy permea desde determinadas lógicas, y que afecta a muchos países. Europa tiene un papel clave en la conceptualización de una manera de entender la convivencia y la sociedad, y creo que tal rol, adaptado y contextualizado a cada época, es su mejor signo de identidad, y constituye el tesoro más preciado que, como ejemplo, puede entregar al mundo. En cualquier caso, tampoco podría nunca competir con economías emergentes de salarios bajos y escasa regulación, con lo que el viejo continente quedaría en un limbo a la deriva si no persevera en tal liderazgo del bien común por encima de meros intereses económicos.

Un Tratado Internacional entre los Estados Unidos de América y Europa no es bueno o malo en sí. Estados Unidos es un innegable socio comercial y estratégico, una economía y una sociedad de primera, yun espejo donde hay que saber mirar muchas virtudes y buenas prácticas. Pero si lo que se ofrece a la sociedad europea es un cheque en blanco a determinadas formas de entender un hecho económico global que abunda en la desigualdad y, a la postre, en mayores cotas de exclusión social, el TTIP es un mal tratado. Si Europa pierde su soberanía sobre lo que acontezca en su territorio, no es una buena noticia. Y si las empresas, por el hecho de tener su domicilio social en un contexto menos regulado, pueden hacer lo que les venga en gana, se trata de una usurpación de poder que, en último término, dañaría irreversiblemente su ya débil estructura común y, más aún, la de cada uno de los países que la componen.

Con todo, está expuesta mi opinión de forma clara. El TTIP en su redacción actual, lejos de ser un instrumento para mejorar las posibilidades comerciales entre Europa y los Estados Unidos de América, puede convertirse en un yugo que atenace las posibilidades de ambas partes para poder mejorar un clima común de cooperación y mayores oportunidades. ¿Quién ganaría, entonces? Transnacionales muy concretas, que llevan años detrás de la gestación de este protocolo, y que buscan dar un formato legal a anhelos de antaño, largamente acariciados, y cuyo efecto en otras partes del mundo está produciendo más exclusión social, más pobreza y la completa ruina de sectores enteros.

Un comentario en “Un análisis nada apasionado sobre el TTIP

  1. Estoy contigo, Jose Luis, pero ¿cómo evitar que esos poderes consigan sus propósitos?
    Si en la base de la sociedad y en las nuevas generaciones no nos esforzamos en inculcar virtudes como la moral, la solidaridad, el respeto a los mayores, al planeta, si no nos avergonzamos de que cada día mueran, por diferentes motivos, cientos de miles de personas, entre ellas muchos niños, ¿qué vamos a hacer ante los intereses de unos cuantos personajes sin escrúpulos?
    Si cada cual se ocupase de aportar criaturas válidas para habitar este planeta, ¡otro gallo cantaría!
    Una pregunta José Luis, conocí en mi empresa un tal Joe Luis Quintela Palacio (creo),
    ¿tienes algo que ver con él?

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