Miedo, indignación y esperanza. Las emociones básicas en la dialéctica poder/contrapoder

“Comunicación y poder” es el título de la conferencia que el sociólogo Manuel Castells impartió en la Universidad de Podemos (Cádiz), el pasado 8 julio de 2017 (https://unideverano.instituto25m.info/).

Manuel Castells es uno de los sociólogos actuales más importantes en la investigación sobre los movimientos sociales; también por ello del 15M, como muestra el vídeo que insertamos.

Seleccionamos en esta entrada algunas de las ideas que nos parecen más importantes de la conferencia que dio en la mencionada Universidad de Podemos, en Cádiz.

Las relaciones de poder son fundamentales en nuestra sociedad. ¿Por qué? Porque aquellos que tienen el poder tienen también la capacidad de estructurar las instituciones de esa sociedad en función de sus intereses y valores. Y esto no se da solo en el poder del estado, sino que se extiende a todos los ámbitos de la vida social y la vida personal. Por ejemplo, el poder patriarcal, definido como el poder de los hombres sobre las mujeres y sus niños. Todos los poderes están articulados; por ejemplo, el poder patriarcal no se puede expresar sin un código de la familia, de la patria potestad, la herencia, etc. Esta visión de la articulación de los poderes se la debemos mucho a Foucault; y es un aspecto muy importante para el cambio político: no olvidar nunca que no basta con entrar en las instituciones del estado.

En la historia, hay dos concepciones fundamentales del poder, que están articuladas. Una, que viene de Maquiavelo, es el poder como violencia o capacidad de violencia mediante la intimidación; la izquierda siempre ha estado prisionera de esta concepción del poder. Pero ha habido otras formas de prácticas del poder, que es el poder como capacidad de influencia, de persuasión; es decir, el poder que se implanta en nuestras mentes. Este poder organiza las categorías culturales, los procesos de pensamiento y las decisiones en nuestras mentes de forma que convienen a quienes ejercen ese poder. Este poder tiene una capacidad de influencia activa, de llevarnos a actuar y hacer en función de esos intereses (es el concepto de hegemonía de Gramsci, en el sentido de seguimiento de las concepciones del estado o de construcción de una nueva hegemonía). Y luego el poder inductor de pasividad, es decir, la resignación. En la mayoría de los países, la gente no se cree el sistema, pero no ven qué otra cosa se puede hacer. Entonces se preocupan de otras cosas de la vida y dudan de por qué hay que estar siempre luchando. Es la resignación por decepción continua.

Esta segunda acepción es importante porque lo que resalta es que el poder está en nuestras mentes. Las batallas del poder se juegan en las mentes de las personas. Si los procesos de racionalización se rompen activamente en nuestras mentes, hay cambio.

Esa es la ley de la historia. Tardará tiempo, pero cambia; y esto sucede hasta en las peores dictaduras; en ninguna de ellas se mantiene el poder solo con violencia.

Y entonces aquí hay que introducir algo más dinámico. La ley número uno de cualquier análisis social. Allá donde hay dominación, hay resistencia a la dominación. Esa es la ley histórica. ¿Cómo se manifiesta esa resistencia? De mil formas. Esas resistencias operan también a través de construcciones alternativas en nuestras mentes. Por tanto, es esa dinámica y esa dialéctica entre poder y resistencia, poder y contrapoder en la mente de las personas que define a las instituciones. Porque, a pesar de que las instituciones siempre están sesgadas en función de qué intereses existen en cada momento, son siempre el resultado de luchas, llevan la marca de esas batallas de poder y contrapoder. Por eso cambian continuamente, es algo que nunca se detiene. La historia así parece muy cansada porque hay siempre que estar luchando y contra-luchando. Yo me acuerdo mucho de Marcelino Camacho, el líder de las CCOO en la Transición, que decía “yo quiero una sociedad sin clases y sin reuniones”. Sí, querido Marcelino, nunca acaba eso. Ahí seguimos. Y vosotros cuando decís, con maravilloso entusiasmo, “sí se puede”, hay que añadir “sí se puede seguir trabajando, cada día”.

Así pues, el poder funciona a través de las mentes y aquí es donde funcionan los agentes del cambio social, que son los movimientos sociales. Son la fuente del cambio social, a través de la historia. Esta es otra ley de las ciencias sociales. Los movimientos sociales no son movimientos políticos, en mi concepción, porque no tienen relación directa con el estado; tienen enormes consecuencias políticas. Los movimientos sociales son los que ofrecen nuevas ideas y nuevos proyectos de la sociedad.

El más importante de todos, el movimiento feminista, diferente a las organizaciones feministas, centrado en una cosa muy sencilla: cambiar la conciencia de las mujeres sobre sí mismas. Esto ha ocurrido a lo largo de toda la historia, pero se ha acelerado en los últimos años. Esto se ha reflejado en un cambio político en el nivel de toda la sociedad, porque si las mujeres ya se consideran “sujetas”, no “sujetadas”, entonces todo cambia: cambian las relaciones personales, la sexualidad, la familia, la socialización de los niños, etc. O el movimiento ecologista en el sentido amplio. En los años setenta, sabíamos todos los datos del cambio climático; los científicos lo sabían, pero el porcentaje de personas en el mundo que tenían alguna noción de que había un cambio climático era el 5%. En estos momentos, 90% saben que hay cambio climático y 70% lo consideran como un problema fundamental. ¿Qué ha pasado entre una cosa y otra? El movimiento ecologista, aliado con los periodistas, con los científicos. Los políticos, no; resistieron hasta el final. Pero ahora todos se tienen que pintar de verde, más desteñido, menos desteñido, pero todos tienen que ser algo verde. Bueno, todos menos uno: Trump. Pero en este caso estamos ante otra contra-hegemonía, ligada a otro tipo de movilización.

Por tanto, los movimientos sociales son aquellos que van directamente a la transformación de las mentes, de las concepciones con las que operamos en la sociedad. Y esto me lleva a una pequeña digresión sobre cómo se construye el comportamiento en general, y en particular el comportamiento en la movilización social y política. Nos regimos por emociones. Son las emociones las que construyen nuestro comportamiento; esto es importante en la comunicación política.

Los seres humanos somos emocionales; también los animales, pero sobre todo los humanos. Esto no es solo una afirmación, es un descubrimiento científico de los últimos años de la neurociencia (ej. António Damasio). Esto ha demostrado que la inteligencia más importante no es la analítica, sino también la inteligencia de reconocer y manejar nuestras emociones. Esto es un ejemplo de algo más profundo: son las emociones las que construyen nuestro comportamiento. Primero, sentimos, y luego pensamos; y tratamos de pensar y organizarnos en función de lo que sentimos. Esto es un punto clave en la comunicación política.

La visión de la información es selectiva. Se absorbe la información que nos conviene para justificarnos y el cerebro rechaza automáticamente la que no nos conviene. La gente solo ve y lee en la televisión y en la prensa lo que coincide con lo que ya piensa. Y esto lo hacemos todos.

Así llegamos a lo que Damasio llama “el error de Descartes”, que es creerse aquello de “pienso, luego existo”. No dijo, “siento, luego existo”. Las consecuencias de este cambio son enormes. La izquierda se ha basado en este error, en los mitos de la Ilustración: lo importante es la razón. Y el comportamiento político se basa en lo emocional.

¿Cuáles son las emociones humanas básicas para entender el comportamiento social y el político? Hay dos emociones negativas y una positiva (de las sietes básicas que distinguen los neurocientíficos):

Primero, el miedo; es la base de las sociedades. No solo el miedo al poder, sino a que se nos desmonte lo alcanzando.

Segundo, la emoción; la rabia, “te vas a enterar”; y miren por dónde, la rabia es el antídoto del miedo. Es el ejemplo de la chica que empezó las revueltas en El Cairo; cuando ya no podía más, envió un mensaje por las redes sociales diciendo “mañana, yo voy a la plaza Tahrir y protesto porque la gente está muriendo de hambre; y vosotros, varones de Egipto, ¿protegeréis a una débil mujer?”. Es la rabia que estuvo también en la base del 15M; nosotros lo llamamos “indignación”; es la palabra más sofisticada.

Y, la tercera, la positiva, es la esperanza. Porque sin esperanza, la rabia se acaba pronto. Esta emoción va acompañada de la capacidad de estar juntos, de sentir el apoyo de los otros. Está en la base también del 15M, y mucho antes del mayo del 68.

La articulación de estas emociones, de estos proyectos de contrapoder, se hace entre los individuos a través del proceso de comunicación, en la capacidad de llegar a las mentes de las personas. Es así como funciona también el cerebro: redes neurales conectando con otras redes neuronales. Y también funcionan así las redes sociales a través de la comunicación.

La sociedad red siempre ha existido; lo nuevo es la potencialidad que ofrece internet. Por ello, todo poder actual quiere controlar la comunicación en estas redes de interacción que han surgido en los últimos 15 años. Lo interesante es que la autonomía de las redes ha sustituido a la forma de funcionar de la comunicación de masas tradicional (esta opera de uno a muchos). Hoy el mensaje a través de internet es “uno a uno”. El poder puede eliminar al mensajero, pero no el mensaje.

Esta transformación del mundo de la comunicación es fundamental. La capacidad de las redes está en mantener su autonomía. También el intento de crear redes alternativas: ej. Telegram (ahora ya 500 mill. de usuarios, no ligados a empresas).

Adherirse a una ideología es aceptar que “siento, pienso, actúo” es la base de dicha ideología política y del cambio social. Este es el descubrimiento de la neurociencia actual. Los fines son emocionales; la racionalidad tiene que articular esos fines con los medios de que se dispone. En Podemos, recibisteis las emociones del 15M; así lo acepta también ahora Pedro Sánchez. De esas emociones, ahora Podemos tiene que articular el cambio político, traduciéndolo racionalmente en leyes concretas.

Más información sobre la teoría social de este autor en su libro Comunicación y poder, Alianza 2009 (además de en otros suyos).

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