Arraigar las instituciones. Propuestas de políticas agroecológicas desde los movimientos sociales.

Este es el título de un libro de los editores Daniel López, J. L. Fernández, Nerea Morán y Elisa Otero, publicado en la editorial Libros en acción, en 2017. Es una colección de artículos diversos sobre iniciativas agroecológicas que han empezado a implementarse en diversas zonas de España. En esta entrada, más que un resumen de las distintas propuestas, iremos recogiendo algunas de las reflexiones de sus autores a lo largo del texto, siguiendo así el espíritu interdisciplinario del blog.

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La historia del capitalismo es una huida de las regulaciones sociales para extender el gobierno de la ley de la oferta y la demanda a lo que podríamos añadir el rechazo a las limitaciones geográficas y ecológicas de la economía. Igual que la economía se ha desvinculado progresivamente de la satisfacción de las necesidades para centrarse en la producción indiscriminada de bienes y servicios para el mercado, las instituciones públicas han sufrido un proceso de desapego por los intereses de las comunidades a las que se debían… Han devenido cómplices de la mercantilización de la vida en sus múltiples dimensiones… El sistema agroalimentario es una de las realidades que, de forma más notable, ilustran ese conflictivo proceso de desarraigo social y de desterritorialización, con las injusticias sociales y las problemáticas ambientales que lleva asociadas (p. 21-22).

Entre las amenazas para el conjunto de la economía global se encuentran el acceso al agua potable, el fracaso de la adaptación al cambio climático y las crisis alimentarias… No queda otra opción que cortocircuitar las lógicas dominantes mediante la relocalización y reconstrucción de los sistemas alimentarios: producir para satisfacer necesidades y no para el mercado global, vinculación con el entorno local, hacerlo compatible con los ecosistemas naturales, impulsar circuitos cortos de comercialización, promover el asociacionismo frente a la competencia y el individualismo, apostar por el reequilibrio territorial para evitar la subordinación del mundo rural al urbano, y apostar por el principio de precaución frente a la innovación tecnológica… No se trata solo de cambiar las formas de consumo, sino de cambiar las formas de producción, de forma que no genere degradación, sino riqueza social, ecológica y cultural… Es lo que se denomina agroecología (p. 25-27).

Lo “local” es una categoría socialmente construida y, por tanto, ambigua, móvil y frágil. Existen “localismos defensivos” que no necesariamente incorporan criterios de sostenibilidad social (trabajo digno y vivo) ni ecológica (de la cuna a la tumba del alimento) … En cambio, nuestro enfoque plantea una mirada que atraviesa las distintas escalas de “lo local” y trata de articularlas, desde una mirada que hemos denominado “biorregional”, aspirando a unos umbrales altos de autonomía basada en la vocación productiva de los territorios, complementada con intercambios justos con otros espacios. A su vez, plantea la necesidad de un nuevo diálogo entre campo y ciudad que se resuelva en una ordenación territorial equilibrada y sostenible, de manera que las diferentes funcionalidades del territorio no devengan en relaciones de dominación de unos territorios sobre otros, ni en hegemonías culturales que deriven en la homogeneización de formas de vida. La descentralización y relocalización de los sistemas alimentarios sostenibles debería ser sinónimo de articulación e interdependencia en la diversidad social, económica, cultural y ecológica (p. 28-29).

El crecimiento de la agricultura ecológica ha obligado a la administración estatal al desarrollo de políticas mínimas de apoyo al sector… Sin embargo, han sido las organizaciones sectoriales de agricultura ecológica y ambientalistas las que están promoviendo cambios hacia la sostenibilidad del sistema agroalimentario, a través de una pesada y constante labor de incidencia política a distintas escalas… El principal territorio donde estos planes agrícolas han tenido un impacto sensible ha sido, junto a Canarias, Andalucía, donde se concentra la mitad de la producción agrícola estatal… En los últimos años, otros planes y actuaciones han sido desarrolladas en Navarra, Cataluña y Euskadi (p. 32-33). Avanzar en el municipalismo agroecológico es la mejor forma de ensanchar el campo de lo posible, de abrir escenarios más favorables a escala estatal (p. 37).

agroecologia-souzaLa producción ecológica reduce las emisiones de dióxido de carbono entre un 40% y un 60%, debido a la no utilización de fertilizantes nitrogenados y plaguicidas químicos, y al bajo uso de fertilizantes potásicos y fosfóricos, y de alimentos concentrados. Si se hace adecuadamente, evita la contaminación de origen agrícola y gestiona más adecuadamente el agua. Además, mantiene la biodiversidad genética del sistema agrario y de su entorno, incluyendo la protección de los hábitats de plantas y animales silvestres. Además, produce un rejuvenecimiento del sector agrario porque la edad de los productores ecológicos es inferior a la media. El riesgo se encuentra en que acabe en las mismas manos que la agricultura convencional y con los mismos mecanismos insostenibles de funcionamiento. Producción ecológica y consumo responsable son, pues, los dos pilares fundamentales en los que basar un sistema agroalimentario más sostenible (p. 42-43). Para ello es necesario un marco institucional adecuado que lo proteja y también ayude a la implantación de circuitos cortos de comercialización de los productos de la zona: cooperativas de consumo, mercados municipales, comedores escolares y otros centros públicos (hospitales, centros de la tercera edad…), fomento del compostaje local para favorecer la autosuficiencia de las pequeñas explotaciones, campañas publicitarias en favor del producto local, nuevas iniciativas de turismo que no sean solo paisajísticas o folclóricas, etc. (p. 59-60). A ello se tiene que sumar el desarrollo de servicios públicos de calidad en educación y sanidad.

Asimismo, hablar de reforma agraria puede sonar a nostálgico, pero nuestra “democracia” no ha abordado este asunto. La propiedad de la tierra (también desde la perspectiva de género), los derechos de uso, de pago de subvenciones, la fiscalidad agraria, así como la ecológica (p. 245ss.), los arrendamientos más o menos dignos, bancos de semillas, protección del suelo, la modernización de los regadíos, la normativa higiénico-sanitaria para las pequeñas explotaciones… El acceso a la tierra de personas que quieren trabajarla de forma agroecológica debe ser objeto de políticas públicas con sentido común (p. 59). La nutrición de la población ha sido la gran olvidada; se trataba de llegar a una seguridad alimentaria, es decir, de llenar estómagos independientemente de la calidad nutricional del alimento utilizado (p. 66). Para ello es necesario también la formación profesional en agroecología y ganadería tradicional, incorporando la formación en la conservación de la biodiversidad de los entornos naturales (p. 175 ss.), con el fin de contribuir a poner fin a la tensión sector agrario y ecologismo (p. 320). Un ejemplo de ello es la vinculación entre las prácticas agrarias y la Red Natura 2000 (preservación de hábitats de especies animales, humedales y espacios esteparios como dehesas, páramos…) en regiones como Castilla La Mancha y Extremadura.

Las ciudades pueden contribuir también a este cambio en favor de la agroecología con las iniciativas de huertos urbanos, escolares, en las terrazas; el compostaje descentralizado, monedas sociales e iniciativas de intercambio en los productos locales… (p. 98 ss.).

El objetivo de las políticas públicas agroecológicas no es que las poblaciones urbanas se vuelvan a los pueblos, pero se sustentan en las ideas del reequilibrio territorial y de que necesitamos mucha más gente viviendo y produciendo en el campo, mediante prácticas agroecológicas… Urge la construcción de narrativas y experiencias prácticas coherentes que integren los procesos políticos, sociales y económicos transformadores que vamos desarrollando, abriendo espacios colectivos en los que prevalezca la alegría de vivir y producir, y que a la vez sean capaces de enfrentarse a la barbarie del capitalismo globalizado (p. 326ss.).

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